¿Por dónde se rompe una zapatilla de running?

¿Por dónde se rompe una zapatilla de running?

Y llega ese día en el que vuelves del entrenamiento y al quitarte la zapatilla de running notas que… sí, has descubierto un agujerito en la malla del upper. Un agujerito que la semana pasada no existía. Es el principio del fin. Y lo sabes. Algunas docenas de kilómetros después aquello va a ser un boquete importante, de esos que te incita a mirar a través de él, como si fueses a encontrar oro dentro. Esta es una de las zonas por donde más se rompen las zapatillas de asfalto, pero no la única. En este artículo teorizamos sobre las distintas maneras que tienen de “palmarla” nuestras zapatillas de running. Y tú, ¿cómo te las cargas?

 

Por deformación profesional

Bueno, no tan profesional, porque no ganamos ni la carrera del barrio. Pero por deformación sí. Porque apoyas mucho de un lado, corres raro, o simplemente la zapatilla se desgasta por el uso y las aventuras. Los lavados, el agua, los cambios de temperatura, climatología o los achuchones por terrenos pedregosos pasan factura. Notas que esa forma elegante y sinuosa que tenía tu calzado cuando lo compraste ha ido mutando hasta convertirse en una chatarrilla. Incluso ahora te sientes incómodo al ponértela, la horma ha perdido su morfología y te roza en algunas zonas del pie. Mal asunto. Eso no da más de sí.

 

Rotura del upper

Un clásico. Sobre todo para quienes tienen unos dedos como longanizas o mejillones en las uñas. Ese efecto percutor desde dentro termina por rasgar la malla y abrirla. Otra cosa no, pero la transpirabilidad la tienes garantizada... En otras ocasiones la malla rompe por los laterales, aunque en este caso suele ser por el exceso de veces que la zapatilla se dobla, vamos, en cada zancada. Cuando apoyamos y despegamos la malla se contrae y se expande, y claro, al final revienta. Así es la vida. Poca solución tiene eso.

 

Desgaste de la mediasuela

Antaño era más habitual, pero en la actualidad las espumas y las tecnologías de amortiguación son realmente duraderas. A veces ocurre que el acolchado bajo nuestros pies, con el uso y el paso de los kilómetros, pierde sus propiedades. Ya no notamos esos colchoncitos, ni esa textura agradable del principio, la zapatilla se siente más dura, o no recupera su forma tras la zancada. Hemos gastado la amortiguación. Como decíamos, una situación más propia del pasado que de nuestros días.

 

El collarín hecho trizas

Otro clásico. Esa capa de almohadillado que recubría nuestro tobillo con tanta suavidad durante los primeros meses se ha quedado ahora en el chasis. Podemos hasta ver la pieza plástica de la estructura de la zapatilla. El interior del collarín se ha ido desprendiendo y está como si lo hubiera mordisqueado el perro. A ver quién mete el pie ahí dentro ahora y corre 20 kilómetros... Hazle un entierro digno a tu zapatilla. O guardala para ir a comprar el pan. No la líes.

 

La suela por los suelos

Literalmente. Ese día en el que vuelves a casa de entrenar y de repente ves unos trocitos de caucho por el salón que no deberían estar ahí. Sí, se están despegando de tu suela, en directo. El caucho no ha aguantado más achaques y está pidiendo socorro. Te quitas la zapatilla, analizas la suela y ves que le falta parte de la goma… Y más que le va a faltar. Todavía le quedan un puñado de kilómetros, pero vete mirando nuestra web a ver cuál es la siguiente que te vas a comprar.